Presentación
 
     

De vuelta a clases en marzo, con el ajetreo de todos los años y esa vitalidad que los niños nos contagian.

Caminaba una de estas mañanas acompañando al colegio a mi hija y un grupo de sus compañeras de la primaria (media hora de vitalizante caminata), cuando una de ellas nos contó de un correo electrónico que había recibido su padre. En unos años más, decía este, tendremos que comprar el agua y el aire para vivir. “¡Casi me puse a llorar, tía!”, me dijo.

Claro, por estos días, han circulado profusamente en los medios las noticias que advierten del cambio climático que está sufriendo la tierra, y la forma en que este afectará la disponibilidad de recursos como el agua (recordándome, de paso, la alarma similar que se vivió en los años 70 a causa de la sobrepoblación).

Esa tarde, junto a otros escolares y algunos padres, comenzamos a reunirnos en una plaza del vecindario; los temas de conversación: cómo enfrentar las noticias recibidas de la prensa y acciones para reutilizar los desechos domésticos, como papeles, vidrios, aceite de cocina, etc. Esas conversaciones han seguido fructíferamente.

Sin embargo, no olvido ese “casi me pongo a llorar” y he podido observar que no son pocos los niños que están verdaderamente asustados y sufren una dolorosa inseguridad. Me pregunto ¿cuántos niños han estado a punto de llorar al enterarse de los alarmantes informes? No sólo los niños, también aquellos ancianos que, solos, débiles y desconectados del dinamismo de la vida diaria, no encuentran una manera de enfrentar tan desalentadoras noticias. Entonces, me parece, se nos viene encima una responsabilidad no enfrentada con el rigor que se debe: cuidar el tipo y calidad de la información que se difunde y la forma en que esta es interpretada por los niños. Debido a que al ciudadano común le resulta difícil cambiar la línea informativa de los medios de comunicación masiva, somos los padres y profesores quienes podemos ayudar a nuestros niños a reinterpretar apropiadamente la información que les llega (después de todo, somos quienes estamos más cerca de ellos). Las técnicas pueden ser variadas y cada uno puede escoger la que más le acomode. De buenas a primeras, se me ocurre que algunas de las iniciativas en este sentido podrían ser la instalación de diarios murales que muestren y comenten las noticias (los profesores son quienes mejor pueden hablarnos de la efectividad de ese medio), la difusión de criterios para leer en internet, la selección apropiada de diarios, revistas y noticiarios de televisión.

Todo conduce, nuevamente, a dos puntos de partida siempre presentes: la necesidad de estar real y efectivamente junto a nuestros niños y la importancia de la lectura. Creo que no hay madre y padre que no se haya dado cuenta del valor que tiene para el niño estar junto a él. Parece necesario replantearse si estamos equilibrando bien la dedicación que entregamos diariamente al trabajo fuera de la casa y la compañía de nuestros niños. Por otra parte, cada vez se hace más notoria la necesidad de enseñar a leer a nuestros niños, no solamente a decodificar los textos, sino a mejorar la interpretación de estos, a leer con lucidez, con análisis y criterios cada vez más efectivos. Ambas tareas corresponden a los padres y cito, para concluir, la afirmación del destacado filósofo y escritor español Fernando Savater: «Los niños llegan a la escuela sin disciplina porque las familias eluden educarlos».

Afectuosamente,

Eliana Ladrón de Guevara