EL ÚLTIMO ONA
Comentario crítico del Profesor Ernesto Livacic G.
 
  .................... Publicado en el Diario El Magallanes (Punta Arenas), domingo 25 de julio de 2004

Eliana Ladrón de Guevara, a quien conozco desde que tenía una edad como para contarle cuentos a ella, en las entonces casi idílicas tierras de La Florida, se ha ido transformando en una gran narradora.

.....................  
 


Después de haber dado a conocer sucesivamente "Nereo" y "Operación Luciérnaga", relatos para niños más pequeños, nos entrega ahora "El último ona" (Ediciones SM, 2004), libro que, por su estructura y sus destinatarios, me parece que corresponde calificar como novela juvenil.

En su elaboración, ha acometido, con mucha seriedad y excelente resultado, dos diferentes y delicadas actividades, cuyos frutos se reflejan en un conjunto muy armonioso: la investigación histórica y la. creación de una ficción enmarcada en ella.
En efecto, durante varios años Eliana estudió el ambiente para su obra internándose en la vida y costumbres de uno de nuestros pueblos aborígenes australes: los selknam, más conocidos como onas.

Su cultura, más desarrollada de lo que pudiera creerse, se caracterizaba por la riqueza de la vida espiritual. En ese marco, admiraban a los que conocían y desempeñaban actividades religiosas e intelectuales. Entre estos destacaban los chamanes, sabios, adivinos y médicos. Los chamanes eran los guías espirituales de su comunidad. Una solemne y prolongada ceremonia periódica, denominada jain, consagraba el ingreso de los miembros varones a la adultez y su compenetración en los misterios de la cultura de su etnia.

Sobre ese fondo, cuidadosamente reconstruido, Eliana Ladrón de Guevara da vida a los personajes que encarnan la acción de su dinámica y bien concebida novela, despliega la imponente naturaleza en que se mueven y reanima su mundo poblado de espíritus y fantasmas.

La historia

En ella, crea un protagonista, Jaro, que hará su iniciación a través del jain y que, como expresión del profundo cambio interior que éste significa, pasará a adquirir, a modo de una nueva identidad el nombre de Selcha.

No solamente manifestará su incorporación a la adultez uniendo su existencia a su amada Minkiol, a quien había raptado un indígena de otra tribu -Coshtelen-, sino que se sentirá llamado a la misión de suceder a Hala como chamán y médico de su pueblo, tarea en la cual -según se le revela tanto de parte del propio Hala como en sueños- deberá enfrentar un gran peligro que se cierne en el futuro sobre su comunidad. Selcha inicia un largo viaje (tanto exterior como, sobre todo, interior) para descubrir ese peligro, el cual se hace presente durante su ausencia en forma de una epidemia que provoca muchas muertes, entre ellas la de Minkiol y del hijo que esperaba de él.

Esta crisis vuelve a entroncar la ficción novelesca en la historia real, toda vez que trasunta la extinción que progresivamente afectó al pueblo selknam desde fines del siglo XIX y comienzos del XX.

El mensaje

Pero en la novela ese pueblo no muere definitivamente. En su sexto y último capítulo, que ofrece un novedoso vuelco en la cronología y en los personajes, cuatro adolescentes chilenos, varones y mujeres, con nombres actuales, reciben de Selcha, con quien se encuentran por afortunada coincidencia, la invitación a conservar viva la historia y espiritualidad de los onas, invitación que aceptan, y, para cumplir la misión que ella entraña, se disponen a prepararse con apoyo de una solemne ceremonia ritual.
De esta manera, por la feliz combinación de sus elementos, Eliana logra un conjunto del máximo interés y sugestividad; ameno y cautivador en su argumento; atractivo en sus personajes; de cálida comunicatividad en su lenguaje; dinámico en su juego de transportarnos a otros tiempos y ambientes a la vez que haciéndonoslos sentir como actuales y nuestros; altamente positivo en sus valores, propuestos sin didactismo alguno que empañe su belleza artística.

También a sus lectores, como a los cuatro adolescentes de su parte final, los invitará a disfrutar de la fantasía y de la realidad en ella envuelta, una y otra acertadamente representadas; a apreciar los ingredientes constitutivos de nuestra identidad, a preservarlos y vivirlos, y a ser no solamente espectadores pasivos de una hermosa aventura humana sino coparticipantes activos en la misma.

Deseamos y esperamos que tenga, por todo ello, la más abierta acogida, y que su autora, la niña que conocí en las entonces casi idílicas tierras de La Florida, en la edad en que estaba para que a ella se le contaran cuentos, nos regale muy pronto nuevos sazonados frutos de su imaginación y de su sensibilidad.