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Si
tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás
de él, ¿cuál elegiría?
Complicada
la pregunta, considerando que el sueño que espero hacer
algún día realidad dice relación con
viajar, sólo viajar olvidándome de horarios
y obligaciones: me siento ciudadana del mundo, el mundo me
está esperando para disfrutarlo.
¿Prefiere
los animales a la gente?
Me
gustan los animales… me gusta la gente.
¿Tiene
muchos amigos?
Hasta
hace poco fui bastante ermitaña, no era de amigas o
amigos. El único amigo, fieles recíprocamente
hasta las últimas consecuencias, fue y sigue siendo
mi esposo, pero en el último tiempo las cosas han cambiado,
tengo un grupo de amigas y amigos que si bien no son muchos,
podemos contar con ellos y ellos con nosotros en diversas
circunstancias.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Disposición…
¿Cómo
prefiere ocupar su tiempo libre?
De
muchas maneras, siempre hay infinidad de cosas que hacer…jardineo,
leo, camino, aprendo acerca de temas nuevos…, disfruto
el paisaje que me rodea, observo los pájaros…,
jardineo, leo…
¿Qué
le da más miedo?
Cuando
era niña era muy miedosa y hoy…sigo teniendo
los mismos miedos.. los monstruos y los fantasmas de mi imaginación.
¿Qué
le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El
odio que pueden guardar algunos en su corazón.
Han
pasado dos años desde que publicó El último
Ona. ¿En qué ha trabajado desde entonces?
Antes
de escribir el El último Ona escribí
una serie de cien cuentos para niños muy chicos, que
conformaron “Cuentos en gotitas” y “Viaje
al bolsillo de la luna”, que nunca se editaron.
Durante un buen tiempo me he dedicado a revisar esos breves
cuentos, que para mi tienen un valor muy especial. Hay también
varios cuentos más en los que trabajo simultáneamente.
La verdad es que no me gusta hablar de lo que no está
terminado. Por otro lado, dedico una buena cantidad de tiempo
y energías a las actividades organizadas por la Corporación
Cultural Nuevo Horizonte de Paine, a la cual pertenezco
con mucho orgullo. Allí participo en el taller literario
"Leer y Contar" y en la coordinación
de un magnífico concurso infantil de cuentos.
Si
no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa,
¿qué habría hecho?
Aventurera.
Me habría dedicado a recorrer el mundo escribiendo
artículos o crónicas de esos viajes y de todo
lo que viera desde un punto de vista de la cultura. Probablemente
ese sea realmente mi próximo trabajo.
Si
el Reader's Digest le encargara escribir uno de esos
artículos sobre "Un personaje inolvidable",
¿a quién elegiría?
Son
muchas las personas que podrían ser objeto del recuerdo,
creo que escribiría una serie sobre personas comunes
y corrientes que he conocido y me han resultado inolvidables.
Como por ejemplo, personas que solucionan sus problemas en
forma creativa, que no esperan contar con recursos para salir
adelante, que no se amilanan con los problemas, sino, al contrario,
los ven como desafíos para desarrollarse.
¿Cuál
es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Truman
Capote decía “el amor”, me inclino por
la palabra “paz” aunque puede sonar bastante cliché,
pero eso poco importa.
¿Y
la más peligrosa?
También
Truman Capote dijo “el amor”…, y esa elección
se explica por su experiencia del amor; bastante diferente
a mi propia experiencia, por lo tanto me inclino por “pero”.
Esa palabra implica no comprometerse con nada ni con nadie.
•••
ENTREVISTAS
ANTERIORES
La
difusión y el estímulo de la lectura ha sido
por mucho tiempo una de sus preocupaciones principales. ¿Cuál
ha sido su experiencia al respecto?
Antes que nada, me parece que debiera comentar lo que esta
experiencia ha significado para mí en el plano personal,
especialmente porque ha resultado ser una vivencia que va
más allá del puro trabajo intelectual, sobrepasando
los límites de un estudio racional de un fenómeno
sociocultural, involucrando inevitablemente una mirada hacia
otros aspectos de la vida, como son el respeto, la disciplina,
la paciencia, el trato cariñoso. El solo hecho de constatar
en la vida cotidiana aquello que se ha estudiado en el papel
es una emoción bastante grande. Y podría decir
que este tiempo ha estado lleno de esas emociones, unas muy
positivas y otras más negativas que lo que uno quisiera,
como ocurre, por ejemplo, al observar discretamente el abandono
o el maltrato con que algunos padres crían a sus hijos
(y no me refiero a padres que vivan en una situación
de marginalidad social y económica, sino a personas
comunes y corrientes). Por otra parte, resulta inevitable
hacer una revisión de la forma en que yo crié
a mis propios hijos, que hoy son adultos. A veces, hay que
decirlo, una no sale muy bien parada en esas revisiones. Si
confesarlo resulta difícil, ya podrán imaginar
lo que se siente al momento de enfrentar esas revisiones en
la privacidad de la reflexión. Es, entonces, un cúmulo
de hechos que van contribuyendo a que el corazón se
vea tan remecido como la razón. Finalmente, se llega
a la convicción de que hay que actuar, actuar ahora,
lo antes posible, para iniciar un proceso que puede tomar
varios años de trabajo permanente.
Pareciera, entonces, que el balance ha resultado más
negativo que lo esperado.
No, de ninguna manera. Muy por el contrario, se hace más
evidente la necesidad de introducir cambios en nuestras vidas,
cambios profundos, que implican probablemente un gran esfuerzo,
pero son cambios gratuitos, todos los elementos necesarios
están dentro de nosotros, por lo tanto, es posible
comenzar a aplicarlos en cualquier momento. Y lo más
alentador es saber que hasta el más mínimo resultado
significa beneficios impagables.
A esta altura resulta inevitable pedirle que nos cuente
de qué cambios se trata, cuál es la receta.
Bueno,
la receta podría decir que hay que actuar simultáneamente
en varios flancos. Primero, debemos contar con los elementos
de trabajo. Tal como si quisiéramos cumplir el sueño
de pintar una nueva Capilla Sixtina, debemos contar con un
pintor talentoso dispuesto a subirse a un andamio. Ese pintor
es el padre del niño, que, antes que nada, debe agregar
reflexión a su vida, ir más allá de la
revisión de la agenda de actividades realizadas en
el día. Agregar reflexión a la vida, eso me
parece clave. De este modo, poco a poco, podrá equilibrar
la fuerza y calidad que le asigna a los diferentes planos
de su vida. ¿Qué proporción de mis esfuerzos
está dedicada a cuidar el buen desarrollo afectivo
de mi hijo, su capacidad para decidir, para desarrollar plenamente
su individualidad? Quizás baste con hacerse algunas
preguntas más sencillas: ¿Vive contento mi hijo,
lo pasa bien, se siente seguro o es temeroso, sabe entregar
cariño, le gusta regalonear? También convendría
revisar cuántos esfuerzos dedicamos a otros planos
del quehacer, como el social, sobretodo porque ese es quizás
el aspecto al que comúnmente se da más importancia.
Habría que preguntarse hasta qué punto los esfuerzos
del día a día están dedicados a satisfacer
las exigencias sociales, en desmedro de las intereses personales
y familiares. Preguntarse, por ejemplo, si verdaderamente
es tan importante comprar una casa en un barrio exclusivo
o cambiar el auto cada tres años, etc. Estas interrogantes
pueden ser múltiples, partiendo de las más básicas:
¿Cuáles son las cosas, los bienes y servicios,
que realmente necesito para vivir bien? Lo que veo comúnmente
son padres que con gran esfuerzo se dedican a trabajar para
pagar cosas que le dan bienestar exterior, en lugar de luchar
por condiciones que le den bienestar interior.
La
respuestas a estas interrogantes deben surgir de uno mismo,
a partir de la propia experiencia y de las tantas fuentes
de información de que disponemos. También es
cierto que es una cuestión de edad y madurez. Podríamos
atribuir muchas de estas falencias a la inmadurez propia de
la juventud. Sin embargo, creo que es razonable aspirar a
que los padres que hoy bordean los treinta años descubran
lo que nuestra generación aprendió pasados los
cuarenta. Después de todo, se trata de conseguir avances
que impliquen una efectiva evolución.
El
primer flanco de ataque es, como decía hace un momento,
la reflexión respecto a la calidad de vida que llevamos
como adultos y la forma en que esta determina la relación
con nuestros hijos. Con esta práctica, al poco tiempo
nos encontraremos con los materiales preparados para pintar
nuestra propia Capilla Sixtina y con un pintor listo para
brincar al andamio.
¿Cómo se explica, a su juicio, esa falta
de reflexión, ese abandono y maltrato de los niños,
si estamos hablando de padres adultos que, salvo raras excepciones,
tienen muy clara su misión de criar buenos hijos, en
las mejores condiciones, y no dudan del amor que sienten por
ellos?
Se
explica, primero, por el desconocimiento de los padres. Hay
padres que sencillamente no se han planteado estos temas,
por simple ignorancia o porque siguen la tradición
que recibieron a su vez de sus padres, sin tener en cuenta
que cada generación, cada persona, tiene el deber ético
de mejorar la forma de vida que heredaron.
En
segundo lugar, se explica por un error de apreciación,
por considerar normales algunos hábitos solamente porque
son comunes. No, digo yo. El hecho de que algo sea común
no significa que sea correcto. Por ejemplo, de acuerdo a lo
que informan los bancos, los común, el estándar,
es que las personas se endeuden por un monto de dinero equivalente
a cuatro veces su sueldo. Eso es lo común, pero que
no me vengan a decir que es lo normal. Si lo fuera, todos
se jactarían de estar endeudados, y eso no me ha tocado
verlo todavía. Hay otro ejemplo. Es normal que por
estos meses las familias enteras vivan una inmensa ansiedad
y se agobien enormemente a causa de las pruebas que debe superar
el más chico de la casa para entrar a un colegio de
prestigio y lo que puede significar el fracaso ante este desafío
tan de moda. Eso es lo común, pero no es normal, sin
lugar a dudas. Este error de apreciación, esta mirada
equivocada, se corrige con reflexión, dando vuelta
el tablero de ajedrez, mirando la partida desde otro ángulo.
Finalmente,
se explica por una debilidad humana muy común: No somos
capaces de identificar nuestras falencias, de hacer un diagnóstico
de las fallas que tenemos, a causa de la falta de reflexión,
y si lo hemos hecho, nos falta la fuerza y determinación
para hacer efectivos esos cambios que sabemos nos resultan
muy convenientes.
Cada
uno de nosotros comparte en mayor o menor medida estas limitaciones,
en distintos ámbitos de la vida y lo que me parece
importante es tomar conciencia de ellas para llevar a cabo
acciones que las modifiquen porque, como dije antes, es un
deber ético que todos tenemos.
¿Qué
tiene que ver todo esto con la difusión de la lectura
y la escritura se estarán preguntando?
Tiene que ver, y mucho, porque en la medida en que desatemos
estos nudos que entorpecen nuestras vidas, podremos dar paso
a la rica vivencia de compartir la lectura con nuestros hijos,
la que a su vez enriquecerá nuestra vida interior y
la de nuestros niños, que es el gran objetivo que persigo
como escritora de literatura infantil y juvenil.
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¿Cuál
es en su opinión el rol que debe cumplir el escritor
de literatura infantil y juvenil hoy día?
Hoy enfrentamos un entorno social caracterizado por el predominio
de una mentalidad mercantil, intensa competitividad y un conjunto
de relaciones interpersonales cada vez más complejas.
En el plano individual se ha desembocado en una falta de reflexión,
un limitado desarrollo de la vida interior, incapacidad para
intercambiar afecto y pérdida de ideales y valores
universales que dan sentido a la vida.
Quienes nos desenvolvemos en el mundo de la literatura infantil
y juvenil, tenemos el deber ineludible de contrarrestar estas
limitaciones. Las acciones posibles son varias. Antes de publicar:
incorporar en los textos aquellos valores que se necesitan
hoy, mejorar su calidad literaria, aumentar la coincidencia
entre lo escrito y los intereses de los lectores, etc. Después
de publicar: fomentar la curiosidad y la creatividad, estimular
un cambio de hábitos que conduzcan a un enriquecimiento
personal y social, etc.
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