DISCURSO

por Felipe Jordán


Los motivos.

La mayoría de los que están aquí, saben la razón que me obligó a seguir la senda del escritor, alejándome de las aulas. Para quienes no lo sepan, baste decirles que estoy enfermo y nada más. No es de eso de lo que se trata este asunto.
Porque hay otras razones también, menos obvias, pero más importantes, sin duda. La primera tiene que ver con el oficio de escribir y responde a lo siguiente: ¿por qué escribir para los niños?
Hoy en día, los niños pueden conocer rápida y fácilmente las cosas más lejanas, extrañas e

 

   

impresionantes, pero, a cambio, han perdido la libertad de moverse en su mundo más inmediato, ese mundo de colores, sabores y olores locales. En esta gran ciudad, por ejemplo, los niños ya no suben a los árboles, no conocen las lagartijas, ni arrancan de las abejas. Y eso es justamente lo que quiero mostrarles: que sepan que los gallos cantan, no por alguna razón instintiva, sino para despertarnos a todos por la mañana; que los jotes son aves carroñeras, porque prefieren comer carne muerta a enfrentarse a un gallo furioso; que los perros son amigos de casi todo el mundo y… En fin, todas esas cosas que de niño aprendí jugando, que es como un niño debe aprenderlas.

La segunda razón, tiene que ver con la relación entre padres e hijos y trata de dar respuesta a la pregunta: ¿cuál es la intención de este Gallito Jazz?
Dejaré que sea uno de los personajes de esta fábula el que responda: el Viejo Ratón quien, ante la inquietud del gallo por la rebeldía de su hijo, muy sabiamente, le señala: “Ya lo dijo el famoso Sócrates: los chicos piensan, amigo gallo, y más de lo que uno cree”.
Y esa es la más pura verdad. No lo de Sócrates, por supuesto, sino que los niños piensan y mucho, pero mucho más de lo que se cree.
Este Gallito Jazz no es solo para los más chicos (ningún libro infantil debiera serlo), también los padres deben leerlo y descubrirán la premisa que el Viejo Ratón invoca. Pero no teman, el hecho de que los hijos piensen por sí mismos no hará que dejen de quererlos, ni renegarán de sus creencias, ni se fugarán de casa, ni caerán en la vida licenciosa, etc. No pasará nada de eso y si pasa, la culpa no será del Viejo Ratón, se los aseguro.

La promesa.

Aunque lo sospecho, no sé a ciencia cierta qué me traerá el futuro. Pero haré lo posible para que este lanzamiento no sea el de un libro, sino el de una carrera. Este es el momento en que me embarco otra vez en la vida y el sencillo, pero hermoso relato que les entrego hoy, lleva implícito en sus palabras la promesa de entregarles muchos más en el futuro.

Los agradecimientos de rigor.

Quiero dar las gracias a SM por todo, desde el premio hasta este lanzamiento (y espero que me ayuden a cumplir la promesa que hice recién). Quiero dar las gracias a los que apenas conozco, por su presencia y aplausos. Quiero dar las gracias a mis amigos, por los abrazos y los brindis en mi honor (eso sí, más por los abrazos que por los brindis). Quiero dar las gracias a Marco Antonio por sus hermosas palabras, tanto las de la premiación como las de hoy y, también, muy especialmente a Danièle, que se ha transformado de hada madrina en amiga, lo que me alegra un montón. Quiero dar las gracias a mis hermanas por no sentarse a llorar conmigo y, sobre todo, por mis sobrinas (y sobrino). Quiero dar las gracias a mis padres, solo por serlo, enseñándome así a serlo yo también. Quiero dar las gracias, por último, a la razón de mis palabras, por ser mi hija y sentir orgullo por ello, y a la mujer que me sostiene, que me calma, que me empuja y que me soporta, a mi esposa, a la que cada día renuevo mi promesa de amor por siempre.

Felipe Jordán
Santiago, septiembre de 2006.