La biblioteca infinita
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EL CAMINO DE LA DICHA
Camille Fiaux



LA ALEGRÍA

En el siglo XV vivía en Valladolid un joven hidalgo, llamado don Quirico. Tenía el corazón fogoso y predispuesto al apego, un corazón de castellano. Tropezó el ardiente jovenzuelo con una encantadora jovenzuela de ojos de braza, y al punto se quemó en ellos. Por su parte, la conquista complaciose en atizar la llama, y la atizó hasta el día maldito en que, cruzándose con un señor de más alta alcurnia, volvió la espalda sin hacer la menor reverencia.
Tal despecho y tal pena concibió por ello don Quirico, que pensó seriamente en darse la muerte. Medió muy a propósito un amigo para impedírselo y persuadirla de que debía limitarse a morir para el mundo. Y el hidalgo se retiró al fondo de un claustro, el más silencioso y el mejor guardado de todas las Españas.
En el aire confinado se apagó el brasero, y parecía volver la calma. Así lo comprobó don Quirico, quien experimentaba alivio con semejante cosa.
Sin embargo, estaba triste, porque triste era todo alrededor suyo. No se encontraba más que con rostros austeros y miradas severas. Una tarde en que estaba más triste todavía que de ordinario y dejábase llevar a la desesperación, se le apareció un ángel radiante:
- Tranquilízate, don Quirico - le dijo -. Puedes recobrar la alegría en la tierra y asegurártela en los cielos. Nada más fácil, puesto que en mis manos está el talismán que lo consigue. Prométeme sencillamente con formarte durante seis meses al precepto que te indicaré.
- Hermoso ángel de Dios, te prometo de antemano cuanto quieras. Estoy seguro de mí, pues tengo la firme voluntad de hacer todo lo que se requiera para salir de este estado que ensombrece mi vida.
El ángel le tendió un espejo
- Has de saber - le dijo - que este espejo es semejante al mundo, el cual también se limita a devolvernos la imagen que le presentamos. Te quejas de que el mundo te ponga cara triste.
Mírate: ¿tienes gesto alegre y amable?... Sonríe y el mundo te sonreirá.
Sonrió el joven monje. El ángel continuó:
- ... Vas a jurarme, don Quirico, sonreír así cada mañana delante del espejo, conservando tu sonrisa a lo largo del día y provocándola a tu alrededor.
Don Quirico prestó el juramento pedido y se durmió lleno de confianza.
Al despuntar el alba se despertó con el alma bien dispuesta y cantó con los pájaros. Sus vecinos de celda no creían lo que escuchaban. ¿Quién osaba turbar así la paz austera del claustro?... Advertido de semejante ataque de disipación, bajó el prior y recordó al hermano las severas reglas del convento.
- Padre - contestó don Quirico -, la alegría divina hincha mi corazón, y canto himnos al Señor, pues me siento dichoso de que me haya dado la vida.
A partir de aquella hora, el joven monje mostró sin cesar rostro radiante. Durante los cortos momentos de libertad solazaba su alma gozosa entre los frailes. A través de sus relatos y de sus lecciones, les enseñaba siempre el aspecto amable y agradable de los seres y de las cosas que los rodeaban. Fue para ellos muy otra la existencia, y en el convento ingresó el buen humor.
Un mes más tarde todo el monasterio exultaba, cantaba, se movía y expresaba la alegría desbordante... y virtuosa. Alarmado por esta exaltación creciente, el prior convocó a capítulo y declaró que era preciso desembarazarse de don Quirico. Por desgracia, se le hizo imposible precisar un agravio serio contra el joven monje, cuya piedad era sincera y cuya docilidad perfecta. Para obviar la dificultad, uno de los padres aconsejó enviarle al convento de Palencia; se trataba de un convento cuya reputación de austeridad superaba al de los monasterios todos.
- Allí -manifestó- don Quirico se verá obligado a calmarse.
No habían contado con el poder contagioso de la alegría y de la risa. Don Quirico alegró el otro monasterio hasta el punto de que en poco estuvo que Palencia perdiera su renombre de adustez. Inquieto, el prior pidió consejo al gran inquisidor, de visita por allí entonces. Ese personaje cruel y sombrío hizo comparecer a don Quirico, reprochándole su jovialidad. El monje replicó que la religión de Jesucristo era una religión de amor, que el Hijo de Dios no
había preconizado jamás la tristeza y que ofrecía tanta armonía de esplendor y de hermosura el espectáculo del mundo que, a no estar ciego, no podía por menos de sentirse transportado de admiración y de alegría al contemplarlo.
El inquisidor, furioso, declaró que estas palabras constituían una blasfemia y que Dios no exigía sino actos de contrición. Fue condenado el monje como hereje y entregado al verdugo para quemarle vivo. Con el objeto de impresionar a los demás religiosos, se los condujo al lugar del suplicio. Apareció don Quirico cantando a voz en cuello. El estado de felicidad que de su ser irradiaba se comunicó a los otros frailes, quienes unieron a los de él sus cánticos a coro. Cuando llameó la hoguera, once de ellos se arrojaron a las llamas para libertar al "justo", y perecieron los once.
Experimentó una rabia tan profunda el inquisidor, que murió de ella en el acto. Llegó su alma al umbral del Paraíso, al propio tiempo que la de sus víctimas. Iba San Pedro a abrirle de par en par la puerta, pero el inquisidor se atrevió a protestar; en un tono y en un ademán que no admitían réplica, intimó a los religiosos a dirigirse desde luego al infierno. San Pedro, impresionado por la alta personalidad del inquisidor, entreabrió para el solo la puerta celestial, mientras los doce monjes se encaminaban al lugar de las penas eternas. Encamináronse cantando, y cantaban aun después de franquear las puertas del antro donde hasta entonces no se oyera sino lloros y rechinar de dientes.
Los demonios los acogieron con miradas llenas de odio, y se aprestaron a torturarlos. Pero los suplicios infernales no surtieron otro resultado que hacerlos sonreír y cantar más. Su alegría paralizó la maldad de los demonios, a quienes hubo de ganar la hilaridad. Pronto las carcajadas de diablos y condenados reemplazaron los sollozos y gemidos. Monjes y demonios formaron una farándula gigantesca y gozosa, a la cual se mezclaron todos los condenados. Cesó el infierno de repetir blasfemias para no resonar ya sino con aleluyas, tedéum, hosannas y magnificat. Sólo espumarajeaba de rabia Satán, el eterno maldito, viendo a sus presas escapárseles. Quiso oponerse a este delirio de alegría, pero, harto débil para resistir su número, no tuvo otro recurso que emboscarse detrás de una de sus calderas, con la cabeza entre las manos para no ver ni oír nada; de no hacerlo así, acaso le ganaría asimismo el contagio.
Sorprendidos por estos sones jubilosos que se elevaban de las profundidades del abismo infernal, desde la altura del Paraíso se asomaron los santos hacia afuera de la bóveda celeste. Tanto y tanto se asomaron, que buena parte de ellos, tomados de vértigo, cayeron en el infierno. ¡Y cual no fue su asombro al ver que en el lugar maldito se volvía todo amor, júbilo y esplendor! Quedaron conmovidos de la cosa y volaron al Paraíso para suplicar a Dios que llamara a su seno a los huéspedes infernales tan dignos de las alegrías celestes y eternas.
- Les perdono - adujo Dios -, porque la alegría y el amor los ha purificado.
Pero encarándose con el gran inquisidor, repuso:
- Por lo que a ti respecta, - dijo al gran inquisidor - te condeno a residir con Satán , en soledad y en silencio frente a ese gran diablo negro, sarcástico, sin entrañas y allí meditarás mis palabras. Pues en verdad te digo que la virtud es siempre amable y amante. Si a ella prefieren tantos hombres el vicio que, bajo atractivos risueños, no reporta sino pesar y miseria en fin de cuentas, es porque tú y tus semejantes queréis de continuo reprimir los gozosos ímpetus de la virtud y constreñirla a llevar una máscara lúgubre que oculte su verdadera fisonomía y la pureza de su sonrisa conquistadora. Y ten por seguro que el día que sobre la tierra reinen la alegría y el amor, habrá cesado de existir el mal.

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